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El «Proyecto Panamá»: la empresa de IA que destruye miles de libros antiguos para enseñar a sus máquinas

El «Proyecto Panamá»: la empresa de IA que destruye miles de libros antiguos para enseñar a sus máquinas

Hay una noticia que está dando la vuelta al mundo y que une dos mundos que parecían no tocarse: los libros antiguos y la inteligencia artificial. Una investigación periodística ha destapado lo que llaman el «Proyecto Panamá», un plan de una gran empresa tecnológica para leer (y en muchos casos destruir) miles de libros usados y descatalogados. El objetivo no es guardarlos ni conservarlos. El objetivo es darles de comer a las máquinas.

¿Qué está pasando exactamente?

Para entenderlo, imagina que una empresa te compra los libros de tu casa, los abre, les saca fotos a todas las páginas y luego tira los restos. Eso es, en pocas palabras, lo que está ocurriendo en muchas librerías de libros viejos de todo el mundo.

Un librero de Badalona, en Cataluña, llamado Marçal Font, recibió hace unos meses pedidos que le parecieron raros. Alguien desde Canadá le compraba decenas de libros a la vez y pagaba gastos de envío muy caros sin quejarse. Eso no es normal en este negocio: quien compra libros antiguos suele buscar ejemplares concretos, no montones. Al investigar, descubrió que lo mismo estaba pasando en Alemania, en Nueva Zelanda o en Australia. Todos hablaban del mismo comprador.

¿Por qué destruyen los libros?

Aquí llega la parte importante. La inteligencia artificial (esos programas que aprenden cosas solos, como el que sugiere palabras en tu móvil o el que responde dudas en internet) necesita millones de textos para aprender. Primero le dieron todo lo que había en internet: páginas web, foros, noticias. Cuando eso no fue suficiente, empezaron a buscar en libros.

Para digitalizar un libro hay dos maneras. Una es cuidadosa: se escanea página a página sin romper nada, como quien lee un libro con mimo. La otra es rápida y barata: se corta la unión de las páginas (el lomo), se separan todas las hojas y se pasan por escáneres industriales a toda velocidad. Esa manera es mucho más rápida y cuesta menos, pero el libro ya no se puede volver a montar. Sus restos terminan en el reciclaje.

Las empresas de IA eligen la segunda opción porque necesitan cantidad: miles y miles de ejemplares cuanto antes y al menor coste posible. Y por eso los libreros hablan de destrucción.

¿De dónde sale el nombre?

El nombre «Proyecto Panamá» apareció en un documento que se hizo público durante un juicio. La empresa Anthropic, creadora de un conocido asistente de inteligencia artificial, llegó a un acuerdo para pagar 1.500 millones de dólares a autores que la demandaron por usar sus obras sin permiso para entrenar sus modelos. En los papeles del juicio se mencionaba la existencia de este plan para digitalizar «todos los libros del mundo». El propio documento pedía que no se supiera que se estaba haciendo.

¿Esto es legal?

Aquí está la parte más delicada. Un juez dijo que, si la empresa compra el libro, puede usarlo para entrenar a su inteligencia artificial. Es decir, comprar un ejemplar da derecho a leerlo para enseñar a la máquina. Pero muchos expertos y asociaciones de libreros protestan, sobre todo cuando se trata de libros raros, de tiradas pequeñas o de obras que no se encuentran en ningún otro lugar.

El problema es que, una vez que un libro tan especial se rompe y se recicla, esa información única puede perderse para siempre para las personas. Convertir un libro en datos para una máquina no es lo mismo que conservarlo para que la gente lo pueda leer.

¿Qué puedo hacer yo?

No hace falta ser un experto para sacar algo en claro de esta historia. La próxima vez que veas una librería de libros de segunda mano, recuerda que esos libros no solo valen por lo que cuestan. Valen por lo que cuentan y por lo que nadie más tiene. Y si te preguntan si preferimos que nuestros libros terminen alimentando a una máquina o sirviendo a las personas, quizá la respuesta sea más clara de lo que parece.

La inteligencia artificial avanza muy rápido y va a necesitar muchísimo más material para aprender. La pregunta que nos queda sobre la mesa es sencilla: ¿a costa de qué y de quién?