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Realidad virtual y aumentada: dos mundos que ya forman parte de tu día a día

Realidad virtual y aumentada

¿Recuerdas esa película donde el protagonista se pone unas gafas y de repente ve información flotando sobre el mundo real? Pues esa escena ya no es ciencia ficción. Se llama realidad aumentada, y convive con nosotros cada día, a veces sin que nos demos cuenta. Junto a su prima hermana, la realidad virtual, está cambiando la manera de aprender, de jugar, de trabajar y hasta de comprar.

Dos mundos, dos tecnologías distintas

Antes de nada, conviene aclarar dos palabras que se confunden con frecuencia: realidad virtual y realidad aumentada. No son lo mismo, aunque suenen parecido.

La realidad virtual te lleva a un mundo completamente inventado. Te pones unas gafas que tapan tu vista y, de golpe, estás dentro de un videojuego, en la cima de una montaña o en el interior de una nave espacial. Todo lo que ves es digital; el mundo real desaparece.

La realidad aumentada es justo lo contrario: no te saca del mundo real, sino que añade cosas encima. Ves la calle por la que caminas, pero con un cartel flotante que te indica dónde está el café más cercano. El mundo sigue ahí; simplemente se le superponen capas digitales.

La tecnología que hace posible el truco

Detrás de estas experiencias hay varias piezas que trabajan juntas. La más importante son las pantallas y las lentes que colocan las imágenes justo delante de tus ojos. En los cascos de realidad virtual, cada ojo ve una imagen ligeramente distinta, y el cerebro las une para crear la sensación de profundidad, igual que en la vida real.

Pero hace falta algo más: saber dónde estás y hacia dónde miras. Los cascos usan sensores que detectan cada giro de tu cabeza. Si miras a la izquierda, la imagen se mueve a la izquierda; si agachas la cabeza, ves el suelo. Ese equilibrio entre tus movimientos y lo que ves en pantalla se llama «seguimiento» y es lo que hace que la experiencia resulte tan convincente.

En la realidad aumentada de los móviles, en cambio, la cámara y los sensores del teléfono hacen el trabajo. El aparato reconoce el entorno (una mesa, una pared, el suelo) y coloca los objetos digitales encima, como si realmente estuvieran ahí.

Mucho más que juegos

Es fácil pensar que esto va solo de entretenimiento, y es verdad que los videojuegos fueron los grandes impulsores. Pero los usos van mucho más allá y ya tocan casi todos los ámbitos de nuestra vida.

En la educación, un estudiante de medicina puede practicar con un corazón en 3D que flota delante de él, girándolo y viendo sus capas sin necesidad de un cuerpo real. En las tiendas de muebles, puedes colocar un sofá virtual en tu salón con la cámara del móvil para comprobar si queda bien antes de comprarlo. Los arquitectos recorren edificios que aún no existen. Y los mecánicos reciben instrucciones dibujadas sobre la propia máquina que están reparando.

También se usa en medicina para planificar operaciones, en el ejército para entrenar sin riesgo y en el turismo para «probar» un hotel antes de reservarlo. La lista no deja de crecer.

Gafas, cascos y móviles: cada uno a lo suyo

Hay distintos aparatos para cada necesidad. Los cascos de realidad virtual son los más inmersivos: te aíslan por completo y suelen usarse para jugar, ver películas o hacer visitas guiadas en 360 grados. Son ideales cuando quieres «desconectar» del mundo.

Las gafas de realidad aumentada son más ligeras y dejan ver el mundo real con capas encima. Son perfectas para tareas donde necesitas las manos libres, como un técnico que consulta instrucciones mientras trabaja. Y no hay que olvidar el móvil: con una simple cámara, cualquiera puede disfrutar de la realidad aumentada sin comprar nada extra. Ese filtro que te pone orejas de gato o te cambia la cara en las videollamadas es, ni más ni menos, realidad aumentada.

¿Y el futuro qué nos trae?

Los expertos creen que estas dos tecnologías acabarán fundiéndose en lo que algunos llaman «realidad mixta»: gafas capaces de alternar entre el mundo real y el digital sin esfuerzo, e incluso mezclarlos. También se está trabajando en hacerlas más ligeras, con mejor batería y con pantallas tan nítidas que cueste distinguir lo real de lo virtual.

Habrá retos por delante, como el precio o la privacidad (esas gafas ven lo que tú ves, y eso hay que gestionarlo con cuidado). Pero la dirección está clara: cada vez llevaremos más tecnología encima, y la frontera entre lo físico y lo digital será cada vez más fina.

En resumen

La realidad virtual nos lleva a otros mundos; la aumentada enriquece el nuestro. Una nos hace desconectar, la otra nos ayuda a conectar mejor con lo que nos rodea. Y aunque todavía estamos al principio, ya forman parte de nuestra vida cotidiana. La próxima vez que uses un filtro, pruebes un juego con gafas o «coloques» un mueble virtual en tu salón, ya sabrás qué magia se esconde detrás: pura tecnología, pensada para que lo imposible parezca, simplemente, natural.