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Carne de laboratorio: cómo se cultiva, qué sabor tiene y por qué podría llegar a tu plato

Imagina una hamburguesa que no ha requerido criar, alimentar ni sacrificar a ningún animal. No es un truco de magia ni una novedad de hace décadas: es la carne de laboratorio, también llamada carne cultivada o carne celular. Suena a ciencia ficción, pero ya hay empresas que la producen, agencias que la han aprobado y restaurantes que la han servido. La pregunta ahora no es si llegará, sino cómo.

¿Qué es exactamente la carne de laboratorio?

Partamos de una idea sencilla: la carne que comemos hoy es, en esencia, músculo de animal. Para conseguirlo necesitamos criar al animal entero, alimentarlo durante meses o años, y al final sacrificarlo para quedarnos con una pequeña parte. La carne cultivada da un atajo.

En lugar de criar al animal, los científicos toman una pequeña muestra de sus células —de verdad, tomada de un animal real— y las hacen crecer en el laboratorio. En un entorno controlado, con los nutrientes adecuados y la temperatura justa, esas células se multiplican y forman tejido muscular. El resultado es carne auténtica, solo que producida fuera del animal.

Un proceso que empieza con una biopsia diminuta

Todo arranca con una muestra de células tan pequeña que apenas se nota. Normalmente se obtiene de una biopsia: una toma mínima que no daña al animal, que puede seguir viviendo con total normalidad.

Esas células se colocan en un medio de cultivo, una especie de «sopa» rica en nutrientes que les aporta lo que necesitan para crecer: aminoácidos, azúcares, vitaminas y sales. Para que los músculos se formen bien, muchas empresas usan una estructura llamada «andamiaje», un soporte que les da forma y volumen. Así, las células no crecen como un montón informe, sino organizadas, como lo harían en un cuerpo.

El proceso dura semanas, mucho menos que criar a un animal. Y cuando el tejido está listo, se procesa igual que la carne convencional.

¿Y qué sabor tiene? ¿Es igual que la de verdad?

Esta es la pregunta que todo el mundo hace. La respuesta corta es: sí, es carne real, porque está hecha de células musculares de verdad. Más de las 170 empresas que trabajan en este sector han organizado catas con cientos de voluntarios, y la mayoría describe la experiencia como muy parecida, incluso idéntica en muchos casos.

Hay un matiz importante: hoy resulta más fácil conseguir carne picada o procesada (hamburguesas, nuggets, salchichas) que un filete entero con su textura. La estructura de un músculo entero es más difícil de replicar. Pero la tecnología avanza rápido, y cada año aparecen prototipos más logrados.

Una carrera global hacia el plato

El camino de la carne cultivada no ha sido un solo acontecimiento, sino una carrera con varios hitos. En 2013 se presentó la primera hamburguesa de laboratorio del mundo, un prototipo que costó una fortuna. Más de una década después, el precio se ha desplomado: de millones de euros la primera hamburguesa a unos pocos euros el gramo en los últimos años.

En 2020 Singapur se convirtió en el primer país en aprobar la venta de pollo cultivado. Le siguieron otros territorios, y en 2023 Estados Unidos dio luz verde a dos empresas, permitiendo que sus productos llegaran a restaurantes de alta gama. En Europa, la autoridad alimentaria trabaja en la evaluación de varias solicitudes, aunque todavía no hay aprobación a gran escala.

Por qué importa: el coste ambiental (y ético)

La ganadería convencional tiene un impacto enorme. Es responsable de una parte importante de las emisiones de gases de efecto invernadero, consume muchísima agua y ocupa grandes extensiones de terreno, muchas de ellas ganadas a los bosques.

Los defensores de la carne celular señalan que podría reducir drásticamente todo eso: menos tierra, menos agua y menos emisiones. Además, resolvería la cuestión ética del sacrificio de animales, y hasta podría mejorar la seguridad alimentaria, al producirse en entornos totalmente controlados.

Dicho esto, todavía hay dudas legítimas. Producirla a gran escala sigue siendo caro y energéticamente intensivo, y algunos estudios matizan que, según el método, el ahorro ambiental no siempre es tan grande como se anuncia.

Los retos que quedan por delante

La industria no esconde sus dificultades. El primero es el precio: aunque ha bajado muchísimo, producir almuerzos baratos a escala industrial sigue siendo un reto. El segundo es la escala: dar el salto del laboratorio a fábricas capaces de abastecer supermercados requiere inversiones millonarias. Y el tercero es la aceptación: convencer al consumidor de que pruebe algo que suena a ciencia ficción no es tarea fácil, aunque las catas sugieren que, una vez se prueba, las reticencias caen.

¿Comeremos carne de laboratorio a diario?

Nadie tiene una bola de cristal, pero los expertos apuntan a una transición gradual. Es probable que, al principio, la carne cultivada conviva con la convencional, como una opción premium o alternativa. Su gran baza será cuando consiga ser más barata y tan buena como la original, algo que la industria cree alcanzable en los próximos años.

Lo cierto es que la carne que conocemos lleva miles de años siendo la misma, y esta es quizá la primera vez que la ciencia plantea una alternativa real, no una imitación vegetal, sino carne auténtica producida de otra forma. A partir de ahí, la decisión de probarla seguirá siendo tuya.

La carne de laboratorio ya no es el futuro: es un presente en construcción. La próxima vez que oigas hablar de ella, recuerda que no se trata de reemplazar la carne, sino de crear otra forma de producirla.