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Fusión nuclear: la energía de las estrellas que promete electricidad casi infinita

Ilustración abstracta de fusión nuclear

El Sol lleva cinco mil millones de años encendido sin apagarse. No arde como una hoguera: fusiona núcleos de hidrógeno para convertirlos en helio. Cada segundo convierte cuatro millones de toneladas de materia en energía. Replicar ese proceso en la Tierra es el sueño de la energía limpia, y la ciencia lleva décadas a un paso de conseguirlo. ¿Por qué cuesta tanto y por qué merece la pena?

Fusionar átomos no es fácil. Los núcleos tienen carga positiva y se repelen entre sí. Para acercarlos lo suficiente y que se fusionen hace falta una temperatura de unos 150 millones de grados, diez veces más que el centro del Sol. A esa temperatura la materia se convierte en plasma, un gas de partículas cargadas, y mantenerlo confinado sin que toque las paredes del reactor es el gran reto de la física.

Existen dos caminos principales. El primero es el confinamiento magnético: campos magnéticos gigantescos que atrapan el plasma en forma de donut dentro de un reactor llamado tokamak. Es el enfoque del proyecto internacional ITER, que se construye en Francia desde hace años, y el de empresas privadas como Commonwealth Fusion Systems, que ya ha conseguido récords de campo magnético. El segundo es el confinamiento inercial: disparar láseres de altísima potencia contra una pequeña cápsula de combustible para comprimirla y calentarla en fracciones de segundo. Es el camino del National Ignition Facility, en Estados Unidos, que en diciembre de 2022 logró por primera vez producir más energía de la que el láser inyectó.

La promesa es enorme. El combustible, deuterio y tritio, se obtiene del agua de mar y del litio, así que no hay escasez ni dependencia de países concretos. La fusión no emite dióxido de carbono, no deja residuos radiactivos de larga duración y no puede sufrir un accidente por fusión del núcleo: si algo falla, el plasma se enfría y se apaga solo. Un solo gramo de combustible fusionado libera la energía de unas diez toneladas de carbón.

Los avances de los últimos años han cambiado el tono del debate. Durante décadas, la fusión fue el clásico «siempre a treinta años». Pero los hitos recientes —la ignición del NIF, los récords de plasma de los tokamaks europeos, el dinero privado que ha entrado en decenas de startups— han acortado los plazos. Varias empresas prometen conectar un reactor a la red eléctrica en la década de 2030. ITER, más conservador, apunta a demostrar la producción neta de energía a finales de esa misma década.

Quedan retos de ingeniería serios. Mantener un reactor funcionando de forma continua durante meses, extraer la energía sin dañar los materiales, y conseguir que el tritio —escaso y radiactivo— se produzca dentro del propio reactor. La fusión no va a resolver la crisis climática de la noche a la mañana, y mientras llega, las renovables y el almacenamiento siguen siendo la vía principal. Pero si se consigue, cambiaría las reglas del juego: electricidad abundante, barata y limpia para todos.

El camino de la humanidad hacia la fusión no es un capricho de laboratorio. Es la misma energía que mueve las estrellas, y domarla sería como tener un Sol pequeño en cada central. Queda trabajo, pero el objetivo ya no parece ciencia ficción: es una cuestión de ingeniería y de tiempo.