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Robots con piel de goma: así funciona la robótica blanda que ya está cambiando la industria

Si piensas en un robot, seguramente te imaginas un brazo metálico moviéndose con rigidez entre piezas de una fábrica. Pero una nueva generación de máquinas está cambiando esa imagen: son robots hechos de materiales blandos, capaces de doblarse, estrujarse y adaptarse como si tuvieran músculos de verdad.

Es lo que se conoce como robótica blanda, y promete resolver algunos de los grandes retos que los robots rígidos no consiguen: agarrar un huevo sin romperlo, operar dentro del cuerpo humano o desplazarse por terrenos que ningún mecanismo tradicional puede atravesar.

¿Qué diferencia hay con un robot normal?

La clave está en los materiales. En lugar de motores, engranajes y metal, estos robots usan silicona, goma, telas o polímeros flexibles que se mueven gracias a aire, líquido o pequeños campos eléctricos. Al no tener piezas duras, su movimiento se parece mucho más al de los animales o al de nuestras propias manos.

Cómo se mueven sin motores

Muchos robots blandos funcionan con aire a presión. Al inflar unas cámaras internas de una manera concreta, el material se curva en una dirección determinada, igual que un globo al que hinchas más por un lado. Cambiando dónde y cómo se hincha, el robot puede agarrar, reptar o nadar.

Otros utilizan cables que tiran como tendones, o materiales inteligentes que cambian de forma al recibir electricidad o calor. La gracia es que, al ser blandos, pueden absorber golpes y adaptarse al objeto que tocan sin aplastarlo.

Por qué nos importan tanto

Las aplicaciones son muchas y muy distintas. En la industria, ya hay pinzas blandas que manipulan alimentos o piezas delicadas sin dañarlas. En el campo de la medicina, los investigadores están probando robots flexibles que podrían viajar por el interior del cuerpo para llevar medicamentos o realizar cirugías menos invasivas.

También se exploran usos en rescate: máquinas blandas que se cuelan por grietas entre los escombros de un terremoto, donde un robot metálico no cabe. Y en el mar, hay prototipos que nadan como medusas o pulpos para estudiar el fondo oceánico sin asustar a las criaturas.

El reto que queda por delante

La robótica blanda todavía es joven. Controlar con precisión un material que se deforma no es nada fácil, y hoy estos robots suelen moverse más despacio que los rígidos. Conectar la parte blanda con sensores y baterías también sigue siendo un quebradero de cabeza.

Aun así, los avances se aceleran. Combinada con la inteligencia artificial, esta tecnología podría dar lugar a la próxima generación de máquinas: más seguras junto a las personas, más delicadas y capaces de llegar donde hasta ahora era imposible.

El futuro de los robots, en muchos casos, no será de metal brillante. Será suave.