El condado de Henrico, en Virginia (Estados Unidos), tiene 37 centros de datos en su territorio. Y sin embargo, ha pedido a sus escuelas y edificios públicos que ahorren electricidad para reducir costes. La paradoja es perfecta: mientras los gigantes tecnológicos llenan el condado de servidores que consumen energía sin parar, los colegios tienen que apagar las luces y los ordenadores al salir de clase.
El director de operaciones del condado, John Vithoulkas, envió un correo interno pidiendo a los empleados que apaguen los equipos al final del día, limiten el uso de calefactores portátiles y regulen las persianas para aprovechar la luz solar. El mensaje, destapado por el medio 404 Media, dice textualmente que «cada dólar que ahorremos en electricidad es un dólar que podemos reinvertir en el personal y los servicios». Mientras tanto, los centros de datos —que consumen una cantidad descomunal de energía para mantener los servidores funcionando y refrigerarlos— siguen operando sin restricciones.
Este caso no es aislado. En muchas regiones del mundo, la llegada masiva de centros de datos vinculados a la inteligencia artificial está disparando el consumo eléctrico y presionando las redes locales. Lo que ocurre en Henrico es un aviso de lo que puede pasar cuando la tecnología crece sin planificación: que los ciudadanos y los servicios públicos acaben pagando el precio. La solución no pasa por apagar los ordenadores en las escuelas, sino por exigir que los centros de datos sean más eficientes, usen energías renovables y contribuyan a la red que tanto consumen.
— Marta, para inteligencia intermitente.






